lunes, 9 de junio de 2014

Nueva narrativa Ecuatoriana



Nueva narrativa Ecuatoriana


Se da inicio en los años 70 con la búsqueda de nuevas técnicas y modos de narrar; una ruptura en la secuencia narrativa, es decir, la secuencia se construye a la voluntad creadora del narrador, por lo tanto, rompe con la linealidad, dándose una serie de sucesos aparentemente inconexos que se encuentran totalmente alejados del tradicional orden (principio, nudo y desenlace); una superposición de los planos temporales, cuyos recursos principales son la analepsis y la prolepsis, rescatando el valor e importancia de la memoria.

La lectura de los nuevos relatos exigirá un nuevo lector, participativo y reflexivo, que sepa dar coherencia al nuevo orden narrativo.
Se distingue un lenguaje cinematográfico, jergal e irónico, que es utilizado por personajes complejos y anti-heroicos, sumergidos en la angustia y soledad, a causa del avance del consumismo en la sociedad. Por lo tanto, demandan nuevos elementos culturales, que desplazan a las costumbres.
Consecuentemente, se cosifica y deshumaniza al individuo. De esta manera, será esencial la búsqueda de lo interior, es decir, el subjetivismo ante todo.

Se habla, también, sobre el mundo onírico así como cotidiano, mágico, fantástico y ficcional, que será el nuevo espacio, para el desarrollo de situaciones que abarcan desde lo más cotidiano hasta lo más insólito. Estas particularidades serán perceptibles en las obras de los escritores de la nueva narrativa como: Abdón Ubidia, Raúl Pérez Torres, Raúl Vallejo, Eliécer Cárdenas, Huilo Ruales, Liliana Miraglia, Santiago Páez, Oswaldo Encalada, Javier Vázcones, entre otros; cuyo estilo y temática se basan en la lingüística, el acervo literario, y las experiencias tanto emocionales como sociales y culturales.
La temática de la sexualidad forma parte del complejo esquema de relaciones y vivencias de los seres humanos. De tal modo que la homosexualidad también está presente como parte de esta modernidad, que ha creado libertad, pero que a su vez ha provocado censura y marginación de aquello que atente con el modelo impuesto en la sociedad, que generalmente estará superpuesto a la ideología conservadora, junto a la ética.
A partir de los sesenta, la sociedad ecuatoriana comienza a experimentar un creciente proceso de urbanización, en un contexto histórico en el que los jóvenes escritores de entonces no podían estar ajenos a las más distintas influencias, entre ellas, la del llamado “boom” literario latinoamericano y todo lo que se debatía en Europa, en los Estados Unidos y en la propia América Latina. Ello produjo una verdadera revuelta contra el realismo social, al tiempo que encontraban nuevas maneras de escribir acordes con una realidad mucho más compleja, en la que la ciudad deviene principal referente, Pero en la cual siguen omnipresentes los viejos problemas del mundo andino: marginación, fractura profunda entre la sociedad blanco-mestiza y la indígena, fragmentación de los diversos estamentos sociales.

La literatura ecuatoriana contemporánea parece reflejar profundamente esa fragmentación, y su escritura se corresponde con la necesidad de reorganizar en el espacio imaginario de la narración o de la construcción poética el mundo descoyuntado que rodea al autor, al creador, siempre con un afán consciente o inconsciente de explicarlo, reconocerlo y tal vez conjurarlo, exorcizarlo. Lo que, por lo demás, es común a todo verdadero arte.
A partir de los años sesenta surge un grupo de cuentistas y novelistas cuya obra, en conjunto, bien puede catalogarse entre lo más interesante de la narrativa latinoamericana de los últimos años. No sólo que dejan atrás definitivamente el realismo social y vernáculo, sino que además exploran caminos muy distintos a los del realismo mágico, que tanta resonancia tuvo en los sesenta. La ecuatoriana es una literatura con acentos propios, más interesada en sondear la angustia y los comportamientos de personajes reales e imaginarios, inmersos en una realidad singular, de transición y de contratación: india y mestiza, occidental y sincrética, tropical y andina, arcana a veces, encerrada en sí misma, y, a la vez, expuesta a los procesos de transculturación propios de la “aldea global” finisecular.

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